jueves, 11 de abril de 2013

Siempre en el término medio.






Aprendí muchas cosas...
Aprendí que la valentía es la furia del corazón.
Aprendí, que el pulso firme solo sirve para dar amor, y que la lágrima más dolorosa es la que se esconde en el alma, esa que desgarra las entrañas.
Aprendí, que somos historia, una serie de heridas que se curan pero dejan cicatriz.
Aprendí el significado de completo, y del sufrimiento que conlleva el significado vacío.
Aprendí, que por mucho que arda el alma, ese nudo en la garganta se deshace con amor.
Aprendí, que se puede tener miedo, temor, y que afrontarlo es aceptarlo.
Aprendí de amor eterno, de ese que vuela más allá de las estrellas, no esa mentira que por ahí cuentan.
Aprendí que si has de luchar por algo, mejor será que luches por la sonrisa de los tuyos, que además, el dinero no vale nada si no hay momentos que comprar, y que, por supuesto, estos, solo valen si tienes alguien con quien compartirlos.
Aprendí que la distancia es polvo y el amor, una realidad.
Aprendí de tu presencia. Aprendí mucho más de ella, de lo que jamás aprenderé de tu ausencia.

Ahora, sé cuánto vale un apretón de manos de despedida, cuánto vale un caricia, un broma, una sonrisa.
Ahora ya sé de abrazos, de contacto, de gente; ahora ya sé de lágrimas de mujeres, de hombres, de mayores y de más pequeños, de amigos, de hermanos, de hijos, de nietos, de sobrinos, y algunos incluso, para mi desconocidos; no importa su nombre, su origen, sus ideas... Porque, entonces, todos eramos iguales, porque todos compartíamos el mismo dolor.



Aprendí, abuelo, y que no te quepa ninguna duda, de que si alguna vez fue posible que lo hiciera, fue porque TÚ me enseñaste, porque está claro que el estudiante tiene que echarle ganas y tesón, pero es que este jamás aprenderá nada que merezca la pena, sin un buen maestro.


Siempre tuya, Gaia.

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