lunes, 29 de abril de 2013

Litera.





En las llanuras de mis labios, donde crecían las palabras, allí, donde nacían, sembré el silencio.

-Escritora, - me dije- ¿Qué harás tú sin las palabras?, dime, ¿qué hará tu corazón sin sus latidos?.
En mi respuesta dejé el viento, acariciándome las entrañas, acariciando siempre el arpa que habitando en mi pecho estaba...
Si bien las palabras se marchasen, ¿qué haría yo en su ausencia?, y entonces apremié el consuelo de saber que el amor es indescriptible y que siempre en su naturaleza, respira el silencio.

Donde se encuentra la ausencia, donde están mis latidos, donde fluye mi sangre, siempre, letras.














Tuya siempre, siempre tuya, Gaia.

martes, 23 de abril de 2013

Síndrome de Pinocho.


Créeme, siempre fue más fácil para mi decir la verdad, siempre fue más fácil, más reconfortante no mentir.
Aprendí a llevar el estómago liso, carente de nudos; conocí con el tiempo, que los ovarios estaban mejor en su sitio, que en la garganta por el miedo.

Supe valorar la bonita y real sonrisa de mis padres, cuando decía la verdad, y supe desengañarme cuando ellos hacían la misma mueca cuando no la decía, conocía la tristeza del acto.

Para mi, siempre fue más fácil saber que el cielo es cielo, y la tierra es tierra, siempre, fue más fácil...
Fue más fácil, también siempre no querer ser la misma cartulina cortada por el mismo patrón, fue fácil querer unos pantalones amarillos cuando todos llevaban vaqueros... Fue. Simplemente. Fácil.

También lo fue el pensar más allá de mis narices, más allá de las reacciones, más allá de la vida cotidiana, lo fue... Para qué engarñanos...

¿Qué?, no mires el texto así, intentando descubrir porque me resultó tan fácil, no es por prepotencia, elimínalo de tus opciones... Deja de mirarlo así, porque es tan, tan fácil la solución, que es fácil que no lo descubras, sin que te lo cuente, así que, fácilmente y con ganas yo te desvelo el secreto:


Chica, chico, animal, extraterrestre, nadie, alguien, cualquiera o vete tú a saber qué eres, me resultó fácil, porque nadie más lo hacía. La gente tiene esa rara manía de mentir y complicar las cosas, yo aprendí a decir la verdad, porque la verdad es siempre verdad, valoré la sonrisa de mis padres, porque sin mentiras les ahorré la angustia, el miedo, la tristeza y la decepción... Yo quise mis pantalones amarillos, porque fuera de esa super, super, superficialidad tan socialmente aceptada, había en mi una chica rebelde dispuesta a dar un buen golpe en los dientes a quien dijese que no era TANTO como los demás porque no llevaba vaqueros, y resultó ser que lo que en realidad pasaba es que no era TAN TOnta de limitar a nadie por su apariencia. Eso si, Masa corporal de cualquier materia existente en este mundo o en otro, lo que es realmente difícil  es no caer en la tontería, porque al final y siento decirte, que la verdad, duele, y van a hacer que llores, pero no tengas nunca miedo de ir a contracorriente, porque no hay nada más bonito que ver como una verdad, a largo plazo, evita muchas mentiras, y acepta esa reconfortante sensación de saber que algo estás haciendo bien. Eso si, jamás olvides que esto es solo un pequeño resumen, que la sutileza y el oportunismo son esenciales, que tu humanidad es real, que, por supuesto, una pequeña mentira con buena finalidad, no destroza tu moralidad, y que si te sientes demasiado mal, puedes correr y decir la verdad, porque para cosas así, nunca es tarde.














Por supuesto, siempre tuya, Gaia.

jueves, 11 de abril de 2013

Siempre en el término medio.






Aprendí muchas cosas...
Aprendí que la valentía es la furia del corazón.
Aprendí, que el pulso firme solo sirve para dar amor, y que la lágrima más dolorosa es la que se esconde en el alma, esa que desgarra las entrañas.
Aprendí, que somos historia, una serie de heridas que se curan pero dejan cicatriz.
Aprendí el significado de completo, y del sufrimiento que conlleva el significado vacío.
Aprendí, que por mucho que arda el alma, ese nudo en la garganta se deshace con amor.
Aprendí, que se puede tener miedo, temor, y que afrontarlo es aceptarlo.
Aprendí de amor eterno, de ese que vuela más allá de las estrellas, no esa mentira que por ahí cuentan.
Aprendí que si has de luchar por algo, mejor será que luches por la sonrisa de los tuyos, que además, el dinero no vale nada si no hay momentos que comprar, y que, por supuesto, estos, solo valen si tienes alguien con quien compartirlos.
Aprendí que la distancia es polvo y el amor, una realidad.
Aprendí de tu presencia. Aprendí mucho más de ella, de lo que jamás aprenderé de tu ausencia.

Ahora, sé cuánto vale un apretón de manos de despedida, cuánto vale un caricia, un broma, una sonrisa.
Ahora ya sé de abrazos, de contacto, de gente; ahora ya sé de lágrimas de mujeres, de hombres, de mayores y de más pequeños, de amigos, de hermanos, de hijos, de nietos, de sobrinos, y algunos incluso, para mi desconocidos; no importa su nombre, su origen, sus ideas... Porque, entonces, todos eramos iguales, porque todos compartíamos el mismo dolor.



Aprendí, abuelo, y que no te quepa ninguna duda, de que si alguna vez fue posible que lo hiciera, fue porque TÚ me enseñaste, porque está claro que el estudiante tiene que echarle ganas y tesón, pero es que este jamás aprenderá nada que merezca la pena, sin un buen maestro.


Siempre tuya, Gaia.