lunes, 11 de febrero de 2013

Te quiero.




-Aún recuerdo mis dieciséis años, como si girase la esquina de mi calle, y me encontrase sentado, tirando piedras dentro de los cubos de basura; a mis cincuenta y nueve, aún siento ese nerviosismo por levantarme de la cama...
Aún, recuerdo sus quince años, como si girase la esquina de mi calle, y la encontrase gritando como loca con sus amigas... ¿Qué cómo la conocí?, verás, yo creo, que la conozco desde siempre, ella era como esa parte mía que se perdió por el mundo al nacer, pero si te refieres a cuál fue la primera vez que supe de qué color eran sus ojos, si te refieres a eso, la conocí un día de marzo, entre la gente, y dentro de un instituto, bendito edificio gris tristón, que supo darme la alegría...
No era de esas que las conoce todo el mundo, no, que va, era esa rosa roja, pequeña y débil que se esconde entre la hiedra, porque incluso un rayo de sol podía dañarle, pero tan bonita, era tan bonita que un día, yo ya no podía sostenerla en mi pensamiento, y necesitaba escuchar su voz... No sé que compartimos aquel día, pero sentí el peso de una cadena, uniéndonos a los dos. Pasaron años desde aquel momento, y desde luego, puede que fueran los mejores de mi vida, pero aunque nunca deba decirse "nunca", nuestro "para siempre" se truncó...

-¿Y qué pasó con la cadena?

-¿La cadena?, aún sigue uniéndonos, pero déjame terminar...
Ella, empezó a ser la protagonista de este burlesco lugar, todo el mundo sabía quién era, porque su soledad y su silencio, la convirtió en una falsa loca... Cada treinta y uno de octubre, los chiquillos llamaban a su puerta, como si molestarla se tratase de una prueba, como si fuera la bruja malvada de algún cuento fantástico, pero ella jamás abría, porque sabía que no era yo el que llamaba a su puerta...
Año tras año, ella creció sin cambios, siempre sola... Siempre en silencio...
Un día, cayó muy enferma, esta vez, los rumores cambiaron de rumbo, de la fatal sátira, a una elegía, y todo el mundo se miraba arrepentido de haberla herido, sabía que pronto se marcharía...
Yo estaba en aquel bar de la plaza, asombrado por la belleza del vuelo de las golondrinas, y entonces llegaste tú, siendo uno de esos personajes que ayudan a las propagación de noticias, créeme amigo, te lo agradezco...

-¿Y tu corazón?

-¿Mi corazón?, mi pobre corazón, dejó de latir un segundo, porque una gran mentira me había engañado, haciéndome creer que esa rosa roja sería eterna... Y entonces, yo supe que había llegado el momento de achicar la cadena.
Llamé al timbre y abrió, porque esta vez, ella sabía que era yo... Aún siento el peso de su cuerpo en mis brazos, las piernas le fallaban cada tres pasos y se tumbó, con la carita toda llena de lágrimas, y me dijo:
"Hoy es veintisiete de marzo...", yo no supe responder, cuando ella, de nuevo completándome, continuó: "...llevo toda la vida creyendo que me amas, ya ves, aún sabiendo que ella llena tu cama... Cada noche, antes de dormir, ruego para que vuelvas, ruego tan fuerte que me quedo dormida... Pero ahora, amor mio, la muerte me trae todos los días un pedacito de realidad... He aprendido ya que no me quieres, y que no volverás...", se detuvo un momento, para coger aire, yo encharqué sus sábanas con olor a menta y a dolor, y muy bajito siguió: "...pero, si aún puedes recordarme, aunque sea un lejano sueño, miénteme... miénteme y dime que me amas...".
Yo... No dije nada, pero miré esos ojos marrones, dulces como el chocolate, la miré como nunca a nadie he mirado, y vi como el fuego de su cuerpo fue apagándose, agarrado a su mano con fuerza, mientras rogaba su vuelta...

-¿Y, dime, amigo, alguna vez la amaste?

-Qué te voy a decir... Claro que la amé, aún... La amo...







"Los "te quieros" deben decirse todos los días"



Siempre tuya, Gaia.